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Otros cuentos – Paquete

Tosió escupiendo un poco de humo. Sus ojos cansados se posaron sobre el horizonte para ver como la carretera cortaba una pampa en mitades iguales. Luego me miró a mí por un segundo solo con el rabillo del ojo, como intentando decir algo, pero solo brotaban bocanadas de humo de su boca. Yo me hacía el tonto y miraba el mismo horizonte con mis ojos fijos en la carretera. A ratos se repetía la historia y me daba cuenta que lo volvía a hacer y esa mirada se quedaba un poco más y pensaba que ahora estaba a punto de hablar, pero solo fumaba de su cigarrillo hasta acabarlo. Al rato prendía otro y perdía su filtro entre la espesura de su bigote rubio,  apretaba ambas manos contra el volante y volvía a descansar la mirada en ese horizonte que no cambiaba.

Yo venía hace tiempo pensando en cómo romper ese silencio, en cómo entablar alguna conversación que pase más allá de un saludo al inciar la mañana. A preguntarle ¿cómo estaba?, ¿cómo iban las cosas con su señora? pero prefería callarme y fantasear con la idea de preguntarle sobre otras cosas. Cosas más profundas. Cosas más íntimas. Cosas que solo un hombre que maneja durante días puede pensar. ¿Qué cosas pasaban por su mente mientras miraba ese horizonte que cortaba la pampa? Me quedé mirando un piño de ovejas que pastaban a un lado del camino, solitario entre ellas, un ñandú nos vio pasar con el escándalo del motor y nos miramos a los ojos.

Un hoyo en el camino.

La octava rueda cayó y un remezón sacudió el chasis. La cabina se azotó y mi cabeza se golpeó contra el techo. Él se quedó inmóvil, ni humo salía desde la punta de su cigarrillo. Luego con tranquilidad desvió la máquina hacia la orilla hasta detenerlo y sin decir ninguna palabra, se abrigó y bajó del camión.

Me quedé allí solo. El silencio era total, sólo interrumpido por el paso de uno que otro automóvil y volví a pensar en el ñandú. Solo entre otros que no eran como él, me pregunté cómo lo soportaba, cómo podía estar tan a gusto entre ovejas y tolerar este silencio. Miré por los espejos retrovisores. Nada. Me acomodé en el sillón y creí dormitar a ratos, caer entre el calor del sol contra el vidrio y los vaivenes esporádicos del viento.

La puerta se abrió de golpe y él se subió trayendo consigo el frío. Me despertó. Me desperté. Sus manos estaban manchadas con grasa negra y se las limpió en un paño que guardaba junto a la palanca de cambio. Prendió un cigarrillo y silencio. Al cabo de un rato, lanzó un largo suspiro cargado de nicotina y abrió sus labios gruesos. Por fin iba a hablar. Me aferré al tablero temiendo evidenciar el temblor de mis manos. Con pocas palabras me dijo que iba a necesitar de mi ayuda y que cuando estuviera listo lo buscara afuera. Sus palabras fueron secas, como la misma pampa. Luego, me dijo que cuando abriera la puerta lo hiciera con fuerza porque el temporal se estaba levantando y me miró a los ojos esperando que yo le confirmara que lo había entendido. Luego chupó tranquilamente lo último de cigarrillo que le quedaba, metió a presión la colilla en el cenicero y cerró su puerta tras de él.

Me quedé un rato ahí, tratando de saber si los remezones eran a consecuencia del viento sacudiendo la cabina o producto de mi propio nerviosismo. Cualquiera fuera el caso debía abrigarme y salir. Me bajé de un salto haciendo crujir el ripio bajo mis pies. El viento sopló y el coirón se mantuvo firme, aún el temporal estaba lejos.

Me gritó por mi nombre y lo busqué entre la hilera de ruedas que sostenían la máquina de más de 45 toneladas de fierro, sobre 18 neumáticos de mi porte.  Él estaba arrodillado frente a la rueda número 8 del carro, con la chaqueta arremangada, los ojos entrecerrados para evitar la tierra que se levantaba contra el viento y un cigarrillo recién prendido. Concentrado sacaba una a una las tuercas que unían la rueda al chasis. A su derecha, una gata hidráulica había levantado el camión lo suficiente para que su carga se dispersara sobre las otras ruedas. No me di cuenta cuando ya había sacado todas las tuercas y mirándome apuntó a un combo de fierro que colgaba pesadamente en una esquina del camión. Entendí su orden y corrí para acatarla lo más rápido posible. Trepé la estructura y con las manos peladas, lo tomé. Al principio me sorprendió, su superficie era lisa y tan gruesa que mis manos no podían cerrarse a su alrededor. Lo sostuve hasta que mis manos y músculos se acostumbraron y de un saltó aterricé sobre el ripio y corrí hacia él. Lo pillé haciendo fuerza con una palanca metálica, separaba la rueda del chasis y me hizo señas para que le pegara por dentro con el mazo. Como mi contextura era pequeña no me costó posicionarme en el ángulo correcto. Agarré la herramienta y le pegué al neumático con todas mis fuerzas. La rueda no se movió pero mi cuerpo vibró por completo. Le volví a pegar, y pegar y pegar y nada. Cuando lo iba a volver a intentar, él me lo arrebató y de un solo golpe la sacó dejando en evidencia la catástrofe y mi debilidad. Lanzó el combo contra al suelo y suspiró humo enrabiado. Una de las hojas del paquete de suspensión estaba partida. Maldijo en silencio y no me atreví a mirarlo a los ojos.

Se deslizó bajo el camión boca arriba para quedar de espalda sobre la tierra y bajo el paquete de suspensión. Sin la rueda ahora tenía espacio para trabajar. Me agaché y me deslicé junto a él, junto a su perfume dulce y sus humos de cigarrillo. Me apuntó para que agarrara el paquete con fuerza y lo hice. Alargué mis brazos delgados sintiendo su dura superficie.  Deslicé mis dedos por una agrupación de fierros curvos que recibían, recibían, recibían, recibían y recibían el impacto despiadado del chasis contra la octava rueda. Él con una llave empezó a soltar las abrazaderas que los mantenian juntos y, haciendo suaves gemidos de esfuerzo que se deslizaban por sus gruesos labios, las dejó caer una a una. Reuní el valor para preguntarle si lo estaba haciendo bien solo para ver una sonrisa asomarse bajo ese bigote rubio y espeso, pero me ignoró y la agarré como si mis brazos sostuvieran el peso de todo el camión. Luego la pieza por fin se rindió a su fuerza y se soltó dejando el peso libre del paquete sobre mi pecho, quitándome el aire contra el ripio, sintiendo el frío metal helarme las costillas. Él lo tomó con sus grandes manos liberándome de la prisión y lo dejo a un lado. Respiré.

Me miró durante un largo segundo como si me analizara, como si de nuevo quisiera decirme algo pero solo se puso de pie y desapareció entre las ruedas. Volvió con una botella de agua. Bebió tres sorbos sonoros mirando la carretera desolada y la tarde convirtiéndose en noche, luego me pasó la botella y me la llevé a la boca sintiendo su baba espesa escurrir primero por mis labios y luego el agua tibia. Quería seguir bebiendo de él, pero me pasó la tapa y dejamos la botella a un lado. Miró el cielo y yo supe que debía ir a buscar la linterna, aún quedaba trabajo que hacer y me puse de pie sacudiéndome la tierra de los jeans. Mis manos estaban quemadas por el frío del fierro y un corte rojo pero sin sangre me cruzaba la palma. Él se dio cuenta y yo escondí las manos. Él parece que iba a decir algo pero partí rápido a la cabina. Adentro estaba tibio. No había reparado en que el temporal ya levantaba viento afuera y traía consigo el aire polar. Saqué la lámpara de debajo de mi asiento y la prendi para verificar si las pilas aún funcionaban, sonreí satisfecho y luché con la ganas de quedarme en ese refugio tibio, pero no, él me necesitaba allí afuera. Me bajé luchando contra el viento que quería desgarrar la puerta. Luego corrí a donde estaba él. Ya había sacado el perno centro, desarmado el paquete y reemplazado la hoja quebrada por una nueva. Se paró al lado mio y estiró la espalda haciendo sonar sus huesos viejos.

Vimos el sol esconderse. El miraba el horizonte. Yo lo miraba con el rabillo del ojo para ver si me miraba. Prendimos la linterna.

Apunté la luz hacia el espacio donde debíamos poner el paquete. Con mis piernas sostenía la linterna mientras que con mis manos agarraba el montón de fierros. Él se encaramó por mi espalda, alargando sus brazos gruesos y pesados sobre mi cabeza y respirando aire nicotinado en mi cuello. Apretó gimiendo y yo sostenía tiritando. Me ordenó que no me moviera y no lo hice. Tomó la lata de aceite y lubricó la pieza. El líquido empezó a escurrir por la piel de mis brazos hasta deslizarse bajo mis mangas y la solté. Sin dejarme descansar me pidió que le iluminara cuando colocara la rueda y lo hizo rápido. Como si ponerla fuera más fácil. Luego de una patada soltó la gata y la máquina descansó parte de sus 45 toneladas sobre la octava rueda del carro.

Me dijo que con eso estábamos bien por ahora. Suspiró. Suspiré.

Por última vez se puso de pie quejándose por su espalda, se sacudió la tierra de lo pantalones y de la chaqueta, me miró de arriba abajo apuntándome con la linterna y sin decir nada se acercó a mi. Me tomó de las manos y con un paño empezó a limpiarlas despacio, sacando cada rastro de tierra y de aceite entre mis dedos, entre las arrugas de las palmas y detrás de las uñas. A ratos la escupía para humedecerla y yo deseaba que fuera en mi boca. Me limpió la herida con su humedad y me sonrió solo a mi por primera vez en el día. Le sonreí de vuelta y me acercó a su cuerpo tibio y me abrazó. Me dijo que aún estamos a tiempo de llegar si nos apurábamos, pero yo no me quería apurar. Se separó y caminó con la linterna en la mano dejándome en la oscuridad de la noche solo escuchando sus pasos pesados sobre el ripio. Me bajó el miedo característico de la edad, me sacudí el polvo de la ropa y le grité, espérame papá.

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Otros cuentos – Quimera

Son veintiocho cuadras del trabajo al metro. Todos los días hago el mismo recorrido, escuchando la misma música, vestido con la misma ropa, hasta detenerme en el mismo semáforo, para ver los mismos rostros esperando cruzar de vuelta. Entro al metro y espero.

La canción se acaba. Silencio. Otra golpea mis oídos y cierro los ojos.

Esa canción que no debería estar allí. Una melodía entre miles que despierta a ese otro que duerme casi todo el tiempo. Ese otro con sonrisa de idiota, que encuentra al mundo tolerable y tiene energía de sobra para arrebatarlo. Ese otro que vive tan cerca, que a ratos me hace pensar que soy yo. Ese otro estúpido que me da esperanza.

Una quimera irrumpe en el metro, expulsando gas y fuego desde su boca.

Ese otro piensa que puede detenerla. Cree que solo con desearlo puede levantar un vagón sobre su cabeza y elevarse del piso como si volara. Pero nada es realmente así de fácil para él. Sabe que sólo puede estar despierto lo que dura esa canción, sólo tendrá hasta que la música acabe para ser un héroe. Entonces su ansiedad de salvar al mundo se resume en aproximadamente cuatro minutos. En ese momento me siento enfermo, me duele el pecho y se me aprieta la guata.

En el andén, los vagones se descarrilan. La quimera los ha matado a todos.

Son sólo cuatro minutos. Cuatro minutos donde descanso de mi mismo. Cuatro minutos contemplando cómo me admiran, no por lo que soy, si no por lo que quiero que vean de mí.  Cuatro minutos que se sienten como un orgasmo interrumpido, incompleto, malo. Pero un mal orgasmo es mejor que ninguno.

La quimera no nos puede hacer daño, no bajo el poder de la canción. Solo queda un minuto de estridente guitarra eléctrica.

Podría mentirles y decir que imagino la ciudad desaparecer a mí alrededor. Que los edificios se disuelven en hojas y ramas; que las calles se inundan en ríos de piedra y peces de colores. Que al cerrar los ojos busco separarme de lo tangible, lo duro, lo real. Pero es justamente lo contrario: busco ser visto.

La quimera expulsa fuego desde su boca, pero él lo detiene levantando solo su palma derecha. Quedan diez segundos de canción. La quimera ruge y el chasquido de unos dedos poderosos la desintegra.

La canción termina. El metro pasa, pero no se detiene, no todas paran en esta estación.

Otros cuentos – Premonición

Descendió por un túnel oscuro apuñalando cada escalón con sus tacones. El perfume rancio a sudor le trajo recuerdos de juventud y consigo un sinnúmero de vómitos desparramados, carteras olvidadas y dignidades perdidas . Sus piernas embotadas en cuero deseaban acercarse a la música una vez más. Traspasó las cortinas de terciopelo rojo y se detuvo por unos segundos repasando aquel antro como si le perteneciera. Con sus ojos barrió la pista de baile, entramada de cuerpos hiperlaxos que vibraban al golpeteo profundo de los bajos. Reconoció a cada uno de los hombres que con su cervezas a medio beber, acechaban a cualquier mujer borracha para llevárselas a casa. En la barra, el barman la saludó con la mirada y apoyado en el mármol pegajoso lo encontró a él.

Atravesó la pista de baile cuando su canción favorita sonó. No luchó a la tentación y se dejó llevar por la música. Un roce en sus caderas y un mentón apoyado en su hombro. Se dio media vuelta. No era el hombre de la barra pero lo besó, luego lo empujó y decidió seguir su camino. Entrecerró los ojos para buscarlo entre el humo de cigarro. Tras perderlo, dejó caer su peso sobre el mármol y con un cruce de palabras y códigos con los dedos, tenía una copa frente a ella. Se dio media vuelta mirando la pista de baile. A la masa desenfrenada. Al monstruo de carne confeccionado por deseo, rose y beso. Sintió celos, ella quería ser devorada. Tanteó la mesa en búsqueda de su copa, lanzó una pequeña pastilla adentro, cerró los ojos mientras se lo bebía y sintió un sabor diferente. Le gustó.

Los bajos más intensos de la música la estimulaban. El sonido la sumergía en un barro denso. Podía sentir los cuerpos bailando alrededor, pero estaba sola en un éxtasis íntimo. Pegó una bocanada de aire y levantó la cabeza sobre la multitud. Quiso recobrar el control, pero el cuerpo solo respondía al sonido. Luego una sonrisa, el hombre de la barra la miraba. Un shot de realidad. Su conciencia volvió y sus piernas la sacaron de allí. Él había desaparecido tras la cortina de terciopelo y ella lo siguió. La oscuridad del túnel era total, los escalones la traicionaron y unos brazos poderosos la contuvieron. Una voz profunda le calentó la sangre. Él se acercó a su oreja, sus labios rozaron su cuello y sólo por aquel instante, ella tuvo una última oportunidad.

Tirada en el suelo, le rogó y le rogó que se detuviera. Prometió a dios que no lo delataría, que se quedaría callada y que tomaría sus cosas y nunca más sabría de ella. Pero él no tenía pensado dejarla ir y el bototo, de suela dura y punta de fierro, se hizo paso entre sus brazos delgados. Sentía como sus costillas cedían una a una cuando sus brazos ya no pudieron responderle más. Luego escuchó el jadeo de ambos, el suyo lleno de angustia y el de él cargado de deseo. Le desgarró el vestido, le abrió las piernas y la penetró, pero ya no sentía nada. Él acabó y la dejó en el suelo, ensangrentada y rota. Sin fuerzas, dejó de llorar y él por fin tomó el cuchillo que tantos meses había cargado. Incrédula sintió la sangre tibia recorrer su cuello y con un último jadeo cerró los ojos.

Despertó de golpe bañada en sudor. Su mano instintivamente acarició un cuello aún intacto y luego miró al hombre de la barra dormir plácidamente a su lado. Se levantó con cuidado para no despertarlo, tomó su ropa y caminó hasta la puerta de puntillas. Se detuvo. Sonrió convenciéndose que solo era un sueño. Se dio media vuelta, botó la ropa al suelo y se volvió a meter a la cama.

1602 – Caca

Me lo encontré en el supermercado a la vuelta de mi casa. Con el tímido nos conocemos de chicos. El siempre guapo. Siempre sonriente. Siempre no creyéndose el cuento. Lo conocí por medio de un  enemigo y nuestra amistad se sostuvo de tensión sexual y calentura juvenil.

Me contó que se había venido a Santiago y que vivía cerca, que ahora éramos vecinos y que deberíamos juntarnos. Me contó también que había terminado con su pololo de toda la vida y que le vendría bien ver gente conocida. Le dije que nos juntáramos en la noche y aceptó. Entendía eso de estar solo. Yo había terminado hace poco una relación de varios años y era como si yo no fuera yo, sino una amalgama de yo con mi ex. Y sentía que a cachas y piscola,  era la única forma de que esa parte de mi se pusiera celosa y se fuera para siempre.

Lo convencí de que fuéramos a un bar. El tomó vodkanaranja como si tuviera 18 y yo una botella de vino blanco. Estábamos iguales. Los dos despechados. Los dos mintiéndonos. Ninguno se decía que habíamos sido nosotros los que habíamos terminado. Ambos siempre de víctimas. Pidió una tabla cuando yo había ido al baño y comimos aceitunas y tomamos. Comimos nueces y tomamos. Hacia calor y tomamos. El hablaba sobre su pega casi todo el rato, con su voz pausada, riéndose poco. Y yo lo miraba fijo cuestionándome por qué razón lo conocía hace tanto tiempo y aún así sabía tan poco de él. Debía por lo menos saber más de 9 cosas. Uno, su mamá murió cuando él era chico. Dos, su papá era milico. Tres, era el mayor de 4 hermanos. Cuatro, ingeniero. Cinco, quería ser  músico pero su papá no lo dejó. Seis, pololeaba, pololeó. Siete, se cagó a su pololo una vez. Ocho, era cola. El nueve lo iba a inventar, pero era hacer trampa. Me sacó de mis pensamientos elevando el tono. Supongo que me había aburrido y por eso yo no había insistido con él cuando tuve la oportunidad. Se contenía y eso me molestaba. Sentía que no se atrevía a ser distinto. A llamar la atención. A hacer escándalo. Pero ya había pasado nueve años desde entonces y nos queríamos. El estaba borracho y por primera vez me tocó el brazo y yo sentí culpa, conocía muy bien a su ex-pololo como para algo. Me caía bien de hecho.

Me sirvió lo último que quedaba de la botella mientras mascaba un cubito de queso. Acercó su silla a la mía y me susurró que fuéramos a bailar. Su aliento recorrió mi cuello y yo debí decir que no. Me tomé la  copa al seco y le dije vamos. Pagamos y salimos y nos deslizamos por la noche hasta el antro. Sus luces azules y rojas iluminaban paredes pintadas de negro. Habíamos llegado temprano. Poca gente bailaba y la música estaba mala. Me pagó una piscola y el se tomo otro vodka de adolescente. Bailamos mirándonos y fue bueno. No teníamos que hablar, solo roces como los del bar. La canción cambió y me preguntó quién tocaba en la otra pista. No supe qué responder y me arrastró. Abrimos la puerta y el pop nos golpeó fuerte, estaba lleno de colas bailando al ritmo del Dj. El se quedó de pie como paralizado y le pregunté qué pasaba. Me sonrió, me tomó de la mano con fuerza y como un cabro chico me obligó a meterme a la pista. Nueve, era fanático de la Javiera Mena.

Me tomó de la cintura y estábamos cerca. Sentía su perfume apelotonarse en sudor y rodar de su cuello bajo su camisa. Bailamos apretados. Sentí su piel morena como mía. Acercó su mentón a mi oreja y me dijo que me deseaba, yo giré la cabeza y mi lengua lo hizo callar. Mi mano se metió bajo su polera y la otra exploró su espalda. Todos los años de tensión sexual se rompieron en un chasquido sonoro y nos sumergimos en nosotros. La música se apagó y las luces se prendieron y la gente se hizo a un lado y sus rostros se volvieron desconocidos. Me tomó de la mano y me dijo que fuéramos a su casa. Le dije que no tenía condones y me dijo que no importaba a la vuelta de su casa vendían. El local estaba cerrado y sin condones nos fuimos a su departamento. Le dije que durmiéramos. Me dijo que nada iba a pasar. Le dije que estaba curao. Me dijo que me sacara la ropa, que no me iba a doler y que filo, ninguno de los dos tenía nada. Apagó la luz y nuestros cuerpos se conocieron. El tímido dejó de ser tímido y me la metió. Mi cuerpo sudaba y el plumón se humedecía con el olor a sexo. Sudor y mierda. ¡MIERDA! Prendió la luz y todo era caca. Su cama, su pene y su espalda. En silencio me arrastró a la ducha. Yo creo que vio mi cara de muerto y solo atino a decir que la tenía muy grande y por eso pasaba. Nos duchamos y él salió antes. Yo salí y el plumón ya no estaba. Lo había metido a una bolsa y lo había echado por el ducto de la basura. Nos acostamos. Era verano y nos quedamos dormidos. Me desperté temprano y me preguntó si quería tomar desayuno le dije que no, que tenía un compromiso. Me dio un beso en la mejilla y me despidió desnudo desde su puerta.

1602 – Vecino

Me dijo que si y yo rogaba de que fuera un no. Aún no estaba seguro de lo que sentía por el Cabezón, pero mi guata si, mis mejillas sonrojadas sí y el bulto despertando en mi pantalón también. Los capullos se abrieron y por primera vez las mariposas batían sus alas en mi interior y como un impulso, sonreí. Pero la realidad era que quería vomitarlas, quería que se fueran y  que llevaran sus batido de alas a otro weón. Pero en cambio, las retuve y le dije que nos veíamos en la noche entonces.

Que lata estar enamorado, pensé. Una pérdida de tiempo. No se cómo ocurría, pero lograbas llegar a un estado de demencia en donde todo lo que habías construido en tu vida eras capaz de dejarlo botado por si el hombre te llamaba. Ahora súmale que siempre te tenía que gustar el “sin asunto”. Ese pobre imbécil que salía de la pega a las 6 de la tarde y ya no tenía nada que hacer, solo estar enfermamente caliente. Y uno dejaba todo botado para satisfacerlo, uno se sacrificaba por el hombre.

Ordené la casa y cambié las sábanas por si acaso. Los había invitado a todos. Iba a ser una previa igual a la de todas. Nada especial. Una mariposa se escapó por mi garganta y me obligué a tragarla. Nada especial.

Sonó el timbre. Era las 10 y las velas estaban prendidas. Llegaron todos juntos, con sus piscolas. Abrí el ventanal para que fumaran adentro y encerré al gato en la pieza. Me senté a un extremo del sofá y solo lo miraba cuando a través del vidrio fucsia, le daba un sorbo al vaso. Me ponía nervioso el Caliente. Hablaba fuerte y se reía fuerte. Pero eso no era lo que me gustaba, era que en el fondo de toda esa seguridad había un wn que una vez, curado, me confesó que estaba solo y que si se convencía de que era feliz, algún día iba a serlo. Entonces yo cagué y me enamoré de él. Por qué sufría. Porque estaba igual de solo que yo. Y ahí, callado en la punta del sofá, todo se levantaron a fumar al balcón y me quedé solo con él y nos miramos. El me sonrió. Y las mariposas se acumularon en mi garganta y yo solo atiné a ahogarlas en piscola. Se acercó un puesto y tras jugar con el hielo en su vaso me preguntó si iría a bailar y si bailaría con él. Yo le sonreí. Siempre bailamos juntos, le dije. Pero me miró serio y me preguntó si podría hoy bailar solo con él. Asentí y me puse de pie. Necesitaba rellenar mi vaso y volver a ahogar esas mariposas. Los demás entraron y alguien pidió un uber.

La música estaba fuerte y el copete aún más. El suelo se movía y los cuerpos me llevaban a un ritmo que mis pies no lograban descifrar. Me dijo aquí estabas y me llevó a bailar con él. Me sonrió. Era alto. Mucho más alto que cuando lo veía de lejos. Sus amigas le bailaban alrededor y yo sentí celos. No quería que tocaran al Cabezón. Pero me contuve, era el antro el que hablaba por mi. Me colgué de su cuello y le di un beso. Él echó la cabeza para atrás. Se despegó y me dijo que eso no era lo que quería, que solo bailáramos. Todas las mariposas fueron abejas y humillado salí de allí. Sentí como sus ojos me seguían, pero el no lo hizo y me encontré con unos brazos que me detuvieron. Mis amigos me tomaron y bailamos. Bailamos y me contuve. Habían dos pistas. Miré al suelo y cerré los ojos hasta que prendieron las luces y caminé a mi casa. Mis amigos me llevaron y me dejaron en la puerta de mi edificio. Les dije que los amaba, como cuando alguien ama a alguien de forma sana y sin pertenencias y subí al ascensor. Mi celular vibró, era el vecino.

-¿En qué andas?

-Llegando a mi casa.

-¿After?

-Dale.

Sonó el timbre, bajó en shorts y polera y a pata  pelada entró a mi casa. Nos conocíamos hace años y tirábamos de vez en cuando.

Nos habíamos conocido cuando él trabajaba en un bar en Lastarria. Me había visto en la tarde pasar con unos amigos y en la noche cuando volví a tomar a ese bar, me dijo que después de su turno carreteáramos. Yo andaba con caña, pero no pude negarme. No a esa piel bronceada y a esos abdominales. ¿Quién es uno para rechazar carne cuando hay tanta hambre en el mundo?, reí por pensar en esa frase tan flaite.

Mientras le servía la piscola me besó el cuello. Me di vuelta y dejándola a medio hacer le metí los dientes en la boca. Me senté en el mesón mientras me sacaba la polera. Iba directo a lo que venía. Todos sabemos lo que significa un after de a dos. Lo llevé a la pieza. Y me lo comí con pica. Él me tomó y me dijo que era rico. Que lo calentaba. Que cuando se pajeaba pensaba en mi. Nada de eso era cierto. Pero filo. Quise creerle esa noche. Y le dije lo mismo y nos mentimos. Se estiró para sacar algo de su pantalón. Popper. Y lo inhaló y luego yo lo inhalé y mi mente veía como mi cuerpo se retorcía de placer y como dos cuerpos luchaban por ser uno. El se forró en condón y yo en lubricante y como un rompecabezas, calzamos como si fuéramos las últimas piezas faltantes de un puzzle. Así nos quedamos besándonos.

El celular vibró.

Me chupó la oreja y yo agarré su pene entre mis palmas. El gimió y me dijo que parara.

El celular volvió a vibrar.

Me agarró del pelo para explorar mi cuello con su lengua.

El citófono sonó esta vez. Abrimos los ojos y nos separamos.

El se quedó en la cama mientras yo borracho y desnudo fui a contestar. Quedé helado. El Cabezón estaba abajo y las abejas fueron mariposas de nuevo y mis labios se durmieron y no supe qué responder. El conserje insistió y yo le dije que suba.

Corrí a vestirme.

-¿Qué pasó?

-Vienen unos amigos y te tienes que ir.

-¿Y tus amigos no saben que tienes sexo?

-No se trata de eso.

-¿Entonces de qué?

-Qué debes irte solamente.

-Yapo rico. Durmamos juntos. Tómate unas piscolas y vuelve a la cama.

-No.

-Durmamos juntos. Hace frío.

-Por favor vístete.Te explico mañana. -Le rogué.

El timbre sonó y cerré la puerta de la pieza. Las mariposas se organizaban y hacían una marcha por mi tráquea. En cualquier momento iba a vomitar. Tocaron la puerta. La abrí y entró él junto a  una de sus amigas. El Cabezón se sentó en el sofá y la amiga me ayudó a llevar la loza sucia a la cocina. Él me preguntó como lo había pasado y si  se podía quedar aquí conmigo. Yo no le respondí y él  pensó que aún estaba picado. Se fue a la cocina y preparó algo para comer. La amiga se sentó en el sofá cuando salió el vecino de la pieza. Se saludaron y él despidiéndose con la mano, se fue. No se vieron pero hubo silencio. Fui a mi pieza y ordené. Boté los condones al water e hice la cama. Salí del baño y él estaba apoyado en el marco de la puerta con mi gata en sus brazos. Miró la cama, me miró a mí y me preguntó ¿quién era él?, yo le dije que un vecino y volvió a la cocina. Me senté a los pies de la cama y su amiga me preguntó dónde podía sacar un plumón porque iban a dormir en el living. Le pasé el plumón. El se acostó en el sofá mirando al techo y ella apagó la luz.

1602 – Exprés

Llevaba días sin tirar. Asumí que grindr se había echado a perder porque era imposible que todos esos hombres me hicieran el asco. Pero no, por fin había entrado en uno de esos ciclos de sequía que mis amigos tanto hablaban. Se suponía que a mi esto nunca me iba a pasar. Por lo menos no a esta edad.

El despertador sonó a las 6:30 am. Grindr lo había dejado abierto, a ver si alguien caía. Nada. El mismo mosaico de rostros y torsos desnudos de ayer. ¿Se había quedado pegado? No. Funcionaba perfectamente. Dejé el celular en el mesón mientras me bañaba. Corriendo la cortina a ratos. Espiando si alguna notificación prendía de rojo el punto sobre la bandeja de mensajes. Nada. Me secaba los dedos para actualizar la pantalla y aún así nada. Salí de la ducha y mientras me abotonaba la camisa, mis ojos se quedaron pegados sobre el mosaico. Alguien nuevo. Alguien sin rostro. Alguien que ni siquiera había puesto un nombre para reconocerlo. Lo favoriteé desesperado de que huyera. ¿Cómo sería?, ¿sería alto?, ¿sería atractivo?, ¿sería amable? ¿sería dotado? ¿sería chistoso? ¿sería activo? Tenía muchas preguntas para tener sola una respuesta: Negativo. Eso era lo único que decía su perfil. Como si fuera a creerle.

El punto verde desapareció, se había ido y me volví a quedar solo con esos rostros que ya conocía. Si te creo, le susurré. Te creo, lo siento, le insistí, pero nada. Me senté a los pies de la cama y derrotado, me puse los zapatos y fui a la cocina. El refrigerador alumbraba medio tomate y un frasco de mayonesa. Debía pasar al supermercado a la vuelta del trabajo.

Miré la hora, el celular me avisaba que llovería. Tomé el paraguas y salí de casa, atrasado y caliente como siempre. La micro me arrastró por una ciudad con la app abierta, una vitrina de hombres ficticios que iban apareciendo mientras nos movíamos. Hombres que como luces titilantes adornaban mi celular. Todos nuevos, todos guapos, todos higiénicos. Pero nadie se quedaba. Nadie me veía a mi pasar.

La micro se detuvo y me bajé. Cerré la app y me obligué a poner una nueva máscara. En la oficina era diferente. No tenía permitido sentirme, escaparme y satisfacerme. Por el contrario. Estaba contenido. El celular boca abajo, contestándolo solo cuando mi jefe me llamaba. Solo cuando un whatsapp de la empresa me exigía algo. Tecleaba, revisaba mails y desesperado deseaba que llegaran las 6.

La tarde fue lenta. Mis pensamientos fueron tomados por las preocupaciones de otros y como un chicle sobre el pavimento, se me pegaron en la cabeza. Me tomó un tiempo sacarme la oficina de encima, mis dedos sintieron el vibrar del celular en el bolsillo y mis ojos se dieron cuenta que vagaba por los pasillos de un supermercado, empujando un carro pequeño lleno de comida fácil. Preferí los chocapic esta vez.

Abrí grindr y los rostros de mis vecinos se inmutaban en una danza de luces verdes que se prendían y apagaban. Mis ojos se detuvieron en el sin rostro, luego yo me detuve. Él estaba 20 metros. Empujé el carro por el pasillo. El sin rostro acortó su distancia. Me volví a detener y el sin rostro también se detuvo. Caminé al siguiente pasillo. Mirando más el celular que la gente que debía esquivar. El sin rostro rezaba 10 metros. Metí una berenjena al carro. 8 metros, un durazno. 5 metros, estaba listo. Me acercaba a la caja. 4 metros y levanté la vista. Podía ser cualquiera. Elegí al más guapo y me puse detrás. Barbón, rubio, musculoso. 3 metros. Una mujer le dio la mano cuando volvía con una bolsa de tomates que no había pesado. Decepcionado me cambié de fila. 2 metros. Un anciano. Mi corazón se apretó. RUT le preguntaron, le dijo al cajero algo de 6 millones. Me quise morir y salí de allí. Una caja exprés. 1 metro. Tembloroso miré hacia adelante. Era alto, moreno, guapo, muy guapo. No podía ver su rostro. Le respondió a la cajera con un acento que pudo ser venezolano. Tomó sus cosas y se fue. 3 metros. 4 metros. 8 metros. 10 metros. 15 metros. Lo perdí de vista.

¿Puntos? me preguntó la cajera.

Me despegué del celular y compré. Arrastré las bolsas a mi departamento y llovía. Agotado y mojado vi las horas pasar hasta que me dormí entre la felicidad y la tristeza de que el sin rostro en grindr existía. Me desperté a medianoche. La tele encendida, preguntándome netflix si aún la estaba viendo. Me sentí violentado. Furioso. Otra persona que no mostraba su rostro pero que me exigía cosas. Agarré el control y prometí desinscribirme al día siguiente. Me dormí luego de revisar grindr. Nada.

Me desperté sobresaltado, 6:29 am. La alarma empezó a sonar. 6:30 am. Una notificación en grindr: el sin rostro. La abrí emocionado. Una foto de su pico y si quería algo ahora. Quedé en silencio interrumpido por el escándalo de mi corazón. No dudé y le escribí que si y le compartí la ubicación. Era todo lo que buscaba. Mi guata se apretó. Me bañé rápido y más rápido me lavé los dientes. Me vestí e hice la cama. El citófono sonó y tocaron la puerta.

Hacía el frío de un día después de lluvia.

El sin rostro estaba frente mío envuelto en penumbra. Más alto. Más guapo. Más perfecto que ayer. Revisé grindr. 0 metros y sonreí. Aún estaba oscuro y con la penumbra no pude ver bien su cara. Me dio un beso que despertó lo último que seguía dormido y de forma tierna me llevó a la cama. Puso la alarma en su celular. Solo tenía 20 minutos. Me excitó que fuera rápido. Su voz era profunda, pero habló poco. Me dio un beso, me comió el culo y forrándose un condón me lo metió rápido. Me dolió. Pero no le dije que parara. Solo tenía 20 minutos. No aguantaba no quejarme. No gemir de angustia a cada embestida. Me preguntó si quería que se detuviera, pero le dije que no, que siguiera, que solo teníamos 20 minutos. Pero en el fondo quería que fueran 10 o 5. El empezó a gemir, pero lo sentía incómodo. Asumí que era porque yo no me movía. Porque estaba tenso, aguantando un mete y saca que no estaba preparado por recibir. Aceleró el ritmo y se vino. Me dio un beso en el cuello y se vistió. Un poco con culpa, un poco con incomodidad. Le sonreí pero no se si me vio y el celular por fin sonó. Se tenía que ir y le dije que se fuera antes de que se le hiciera tarde, que estábamos en contacto. La puerta se cerró detrás de él y yo me quedé solo aguantándome las lágrimas.

1602 – Maduro

Era medianoche y la luz azul de mi celular titilaba. Empiné el concho de mi última copa de vino y borracho lo tomé entre mis manos. Llevaba menos de un mes viviendo solo. Desbloquee la pantalla y sonreí. Uno nunca sabe hasta qué punto se es libre si no tiene la necesidad de traspasar algún límite y esa noche yo estaba dispuesto a traspasarlos todos.

Un mensaje en la bandeja. Instagram se había convertido en una herramienta de joteo descarado. Roberto, acompañado de un escueto Santiago – Chile, quería mandarme un mensaje. Lo acepté.

Me preguntó si quería hacer algo divertido, había visto mis fotos y que tras el match en tinder de la semana pasada, pensaba que ya era momento de hablarme. Le pregunté sobre qué tipo de diversión buscaba y me dijo que en persona lo decidiéramos. Acepté. Necesitaba relajarme, me convencí. Le compartí mi ubicación y en menos de 10 minutos sonó el citófono. Se vino manejando.

Inmediatamente se me revolvió la guata. Esas ansias de querer cagar y vomitar al mismo tiempo. Era la primera vez que invitaba a alguien a follar. Habían habido otros casos en donde citas terminaban en sexo, pero nunca tan explícito. Le abrí la puerta y nos quedamos mirando unos segundos. En sus fotos se veía menor. Podría rondar los 40 y tantos. Abrió sus enormes ojos negros y me sonrió con sus dientes blancos. Parecía sorprendido. Levantó sus manos duras y tomándome de la nuca acercó esos dientes a los míos. Saboreó mi paladar. Yo con los ojos abiertos, él con los ojos cerrados y disfrutando. Sonreí. Me gustaba este juego. Su lengua era dura y tras algunos forcejeos, logramos una armonía entre los chupones y las succiones, entre los lengüetazos, mordiscos y el choque de dientes.

Se despegó y me pidió el baño. Le di las indicaciones y me quedé solo. El estaba meando, escuchaba el chorro golpear el agua del water y mi guata se acordó que estaba nerviosa. Vi la cocina y la botella de vino estaba casi llena. No estaba tan borracho como debía. Me serví una copa y le serví una a él. Apareció tras de mí tomándome de la cintura y se la ofrecí. Sentí su suspiro de decepción en mi cuello. Tomó la copa y lentamente la llevó a sus labios. Estaba bronceado, tenía las arrugas blanqueadas y la piel dura. Le acaricié la mejilla. Estaba seco. Conversamos sobre su trabajo y recordé que yo tenía que estar a las 8:00 de la mañana en el mío. Me senté en el mesón quedando a su altura. El apoyado contra el refrigerador sacó un cigarro y le dije que podía fumarlo adentro, que no me importaba. Me contó que era psicólogo, pero que ahora era dueño de una empresa de Work and Travel. Había viajado prácticamente por todo el mundo y venía de una reunión en Sidney. Sentí como me achicaba. Había aprovechado para pasar unas semanas en una pequeña cabaña en Tailandia. Acompañado solo de monos. Tenía todo tan resuelto. Me dijo que había sido una tremenda experiencia y había vuelto renovado. Se había sacado todas las mierdas que una ciudad como Santiago podía infectarte. Y yo recién sentía como Santiago se abría para mi. Dejé la copa a un lado. Digamos que tenía 40, quince años más en la vida que yo, quince años para avanzar a punta de cagazos. Sacó su celular y pidió comida. No podía manejar de vuelta así, se excusó. Yo tenía claro que no le iba a permitir quedarse a dormir, y él tenía la decencia para no pedirlo.

Se acercó para darme un beso cargado en vino y nicotina y me excitó. Me separó las piernas y yo sentado sobre el mesón me apretó contra su cuerpo, me apretó la cintura con sus manos grandes y me apretó sus labios contra los míos. Luego recorrió su lengua de ceniza por mi cuello. Sus dedos secos por mi abdomen y escondió su palma entre el mesón y mi culo. Me sonrió.

Sonó el citófono. La comida iba subiendo.

Él pagó. Comida india. Saqué unos platos y prendí una vela en la mesa de centro. Se paró en el balcón a fumarse un cigarro antes de comer y salí a acompañarlo. El San Cristóbal se iluminaba con la virgen en su cima. Encontró que tenía buena vista. Aquí en el centro es difícil acceder a eso, me dijo. Supuse que no vivía cerca y recordé que vino en auto, que pidió comida de un lugar que conocía y que él había pagado. Pellizcó el cigarro al aire y lo vimos caer 16 pisos. Me abrazó y nos quedamos ahí, viendo los pocos autos pasar a esa hora por el forestal.

Comimos rápido, bebimos más vino y el vino surtió efecto.

Estaba sentado sobre sus piernas mientras metía mi lengua en su garganta. El vaivén de su pelvis. El rose. La calentura. Me desabrochó la camisa y yo le saqué la polera. Bronceado. Tetillas negras. Ni un solo pelo. Flectó sus brazos para levantarme y desabrochar su cinturón. Sus músculos se tensaron mostrando cada fibra ya cimentada por los años. Dura. Terza. Fuerte. Me obligó a ponerme de pie mientras me besaba. Mi manos torpes buscaron su pantalón y mis dedos encontraron el cierre. Se deslizó al suelo dejando libre un bulto generoso. El con una precisión quirúrgica se deshizo de todo lo que le molestaba hasta agarrar mis nalgas. Suspiró y me arrastró a la pieza. Sus manos generosas acariciaron mi espalda. Me preguntó si quería un masaje y no me negué. Se puso de pie, fue al living y volvió con un aceite que había sacado de su chaqueta. Lo calentó con el frote de sus manos, se sentó sobre mis muslos y acarició mi espalda con sus palmas. El peso de su cuerpo era reconfortante. Me tenía que levantar a trabajar en 4 horas. Aplicó fuerza y delicadeza a cada movimiento. Experto, pensé. Partió por los hombros descendiendo lentamente encontrando cada nudo, cada dolor, cada tranca y las desgarró con el aceite. Deseaba sumergirme en esas manos, en ese calor, en ese aceite y dejar que me llevara con él. Que me dijera en el oído que nada me va a pasar porque él está a mi lado. Que el futuro no es aterrador porque él ya lo vivió. Que vivir solo no me va a transformar en un ermitaño. Que mi gato no me comerá la cara cuando después de 4 semanas muerto alguien me encuentre porque el pasillo apesta a podrido. Que no me iba a hacer sentir estúpido a su lado porque vivo con miedo y es algo que él ya superó. Sus palmas se transformaron en besos. Y su lengua descendió hasta mi culo y hambriento me sacó un gemido. Su lengua dura tenía sentido ahora. Me dejé follar por la nicotina y el vino. Sus manos seguían su trabajo. Disminuyéndome. Haciéndome sentir incapaz. Mi cabeza apoyada en la almohada se debatía entre el sopor del vino, de la noche y del placer. No sabía en qué momento dormitaba y disfrutaba. El aceite escurrió por mis nalgas y desgarrando un envoltorio de un condón con los dientes, sentí como se introducía sin culpa, sin remordimiento, sin dolor. Me levantó hacia su cuerpo. Me envolvió con sus brazos. Mientras su pelvis me embestía y antes de acabar, me susurró que le debía una segunda cita en su casa, y desperté.

Se desplomó contra mi cuerpo y ambos nos quedamos como dormidos sobre la cama. No se cuanto tiempo pasó pero desperté de a poco. Tenía que trabajar, pero mi despertador no había sonado. El sol entraba directo por la ventana y él me miraba no se hace cuanto tiempo. Debía estar en la oficina, pero mi celular estaba muerto sobre la mesa de comedor. Me di vuelta para mirarlo de frente y me besó antes de que dijera cualquier cosa. Ya no tenía sabor ni a nicotina ni a vino. Tenía sabor a seco, a cuero, a viejo.. Culiamos una vez más y me dijo que quería seguir viéndome, que yo era especial. Pero yo solo pensaba en que quería que se fuera para volver a crecer, para que me volviera importar llegar a la hora a la pega, para que el futuro se vaya con él.